BRASIL, o maior do mundo

BRASIL, o maior do mundo
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Un gigante bajo control de un enano político

Brasil, luego de más de 13 años de gobierno del PT, pasa a ser gobernado por un ex militar sin trayectoria, aunque funcional para la restauración conservadora en ese país. Con este cambio se demostró la eficacia de la “Guerra Híbrida” como estrategia de desprestigio y debilitamiento de la izquierda brasileña y, a la vez, mostró su potencia para colocar en la presidencia a quien sea más útil al neoliberalismo alineado a los EEUU.  AMLO en México, en un escenario latinoamericano donde la tendencia parece favorecer el retorno del conservadurismo, constituye un contrapeso político continental y esperanza para quienes creemos que es posible un cambio en nuestras sociedades.

CONTEXTO

Por su población de más de 215 millones de habitantes, su enorme territorio[1], su importancia geopolítica, entre otros, Brasil es un verdadero gigante.  Por algunos de sus gobiernos y políticos, de la talla de Temer y Bolsonaro, dispuestos a someterse al imperialismo que reclama derechos sobre Latinoamérica, Brasil pierde prestancia internacional, se enaniza. Tiempos difíciles los que le toca vivir a ese pueblo, con miedo y mirando el horizonte con esperanza, aunque la luz al final del túnel tarde en aparecer.

¿Cómo pasó eso? Para entender lo que ocurrió en Brasil, es necesario dar una breve mirada a las fases de acumulación y desacumulación que tuvieron las fuerzas de izquierda y progresistas que, desde finales de los 90 del siglo pasado, empezaron a disputarle el poder a la derecha.

Entre 1985 y 2009 se configuró un prolongado proceso de acumulación de fuerzas sociales progresistas y de izquierda que empezó con la caída de la dictadura de Castelo Branco en Brasil (1995), se consolida con la primera elección de Chávez en Venezuela (1998) y se cierra con el triunfo de Mauricio Funes, del Frente Farabundo Marti para la Liberación Nacional (FMLN), en El Salvador (2009). En este período apareció y creció el cuestionamiento al orden neoliberal y por doquier, se dieron triunfos territoriales de autoridades subnacionales y una importante participación en las instancias parlamentarias, hasta conquistar el poder político en más de 12 países de Latinoamérica. 

El período comprendido entre 2009 y 2019, registra un persistente, aunque con diferentes grados de intensidad, proceso de desacumulación social y política de los gobiernos progresistas y de izquierda.  Menudearon los “golpes blandos” como los que derribaron a los presidentes de Honduras (2009, Zelaya) y Paraguay (2012, Lugo) sin necesidad de elecciones ni golpes militares. De manera simultánea, la derecha extendió su estrategia desestabilizadora hasta debilitar el respaldo popular del que gozaban los gobiernos zurdos y progres, especialmente en Venezuela y El Salvador. Luego vendría el golpe parlamentario en Brasil (2016, Dilma), la caída de los Kirchner en Argentina (2015), las concesiones de Bachelet al neoliberalismo en Chile, la traición de Moreno en Ecuador (2017) y la caída del FMLN en El Salvador (2019).

Estos dos períodos suman más de 30 años en que la democracia volvía a Latinoamérica y, en ese escenario, desde hace unos 20 años se instalan gobiernos progresistas, de izquierda y de centro izquierda, durante los cuales se incrementó notablemente el gasto público en políticas sociales que lograron reducir los niveles de pobreza y miseria de amplios sectores de la población, la educación recibió más recursos y se tuvo más acceso a ella, se mejoraron los sistemas de salud, se atendió mejor a las minorías, se avanzó en políticas de género, entre otros, pero no se hizo algo esencial para darle continuidad y sostenibilidad a esos logros: generar consciencia de estos avances en la ciudadanía que los disfrutaba y, de esa manera, estar dispuesta a defenderlos y profundizarlos

En ese período, se puso en cuestión el concepto de desarrollo impuesto por el desarrollismo impulsado por occidente y se sentaron las bases de nuevos escenarios de integración como son la UNASUR, CELAC, ALBA, sin menoscabo de los que ya existían como MERCOSUR, CAN y otros espacios de integración en el campo del comercio, la ciencia y la investigación. En todos ellos subyacían los principios de soberanía y autodeterminación de los pueblos, especialmente cuando se trataba de la explotación de sus recursos naturales, aunque, como se vería más adelante, con severas limitaciones frente a estrategias extractivistas del capital transnacional y potencias hegemónicas.

En ese período de efervescencia progresista, aparecieron propuestas de aprovechamiento de recursos naturales en el marco de estrategias de industrialización y creación de cadenas de valor regionales, de gestión ambiental y soberanía tecnológica con amplia participación de la población en la toma de decisiones.  Lamentablemente, lo que se hizo no tuvo la fuerza necesaria para lograr ese propósito, pues siguió vigente la matriz productiva extractivista en todos aquellos países con gobiernos progres y de izquierda, cuyo poder se mostró débil frente al poder de las transnacionales.

En ese escenario regional, Brasil tenía la voz cantante.  Su participación en los BRICS lo catapultó a niveles de protagonismo principal en el tablero de la geopolítica mundial.  No hubo organismo internacional, incluido el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde no estuviera presente Brasil de manera directa o interpósita.

BOLSONARO, oscuro capitán convertido en presidente

A pesar de las amplias preferencias por Lula, encarcelado sin pruebas por la corrupción de que se le acusaba, el candidato alterno, Haddad, no logró capitalizar ese multitudinario respaldo y en su lugar, la población decidió creer en el discurso incendiario de un Bolsonaro que prometía superar la crisis económica, liquidar la corrupción y la inseguridad que había crecido desmesuradamente los últimos años, situación que no tuvo ningún reparo en atribuirlos directamente a los gobiernos de Lula y Dilma, del Partido de los Trabajadores.

La pos verdad[2] de los medios, hizo su trabajo, describiendo una realidad conveniente a los poderes fácticos representados, esta vez, por Jair Bolsonaro, quien, según el poder de los medios, sería el “salvador de Brasil” luego del “fracaso y la corrupción de Dilma y Lula”. No importó su admiración por el exterminio judío, la misoginia y la homofobia, el incentivo a la violencia armada, etc., de los que se ufanaba el candidato de la ultraderecha brasileña.

El cuento del salvataje, sobre la base de noticias falsas o verdades convenientemente distorsionadas, regadas masiva y repetitivamente, sumada a la alianza de los medios con el poder judicial y militar para impedir un nuevo triunfo presidencial de Lula, estaba tan bien construido que, al compás de los resultados electorales, se hizo realidad. La operación Lava Jato, puesta en marcha por Dilma, se volvió contra el PT como objetivo central de la lucha contra la corrupción dirigida por Sergio Moro que, galardonado previamente por el Ejército (tutelando el proceso) con la “Medalla del Pacificador”, se convirtió en ministro de justicia de Bolsonaro y personaje protegido por la poderosa O Globo.

Bajo esas condiciones, Bolsonaro ganó las elecciones sin atenuantes, su mayoría en diputados estaduales y federales, así como en gobernadores electos, no dejan lugar a dudas, aunque para ello, hay que admitirlo, contó con el extraño vuelco de las preferencias políticas de amplios sectores de la población que, previamente petistas, terminaron votando por la extrema derecha ante la ausencia del líder carismático y de quien se podía esperar una reivindicación de la izquierda latinoamericana si hubiera llegado al poder.

El regreso del péndulo de la historia está en pleno curso.  A un período progre, casi zurdo, le sigue otro de corte conservador, ultraderechista, como en los mejores momentos del fascismo, aprovechando el abandono de las bases sociales por parte de la izquierda que reclamaba representarlas.  Su afán de darles “mejores condiciones de vida” a punta de políticas públicas redistribucionistas, muchas de ellas con esencia populista, hizo que los gobiernos petistas se convirtieran en meros administradores de cuantiosos recursos con los que, gracias a un buen momento del mercado internacional, contaron. 

En esa dinámica, perdieron filo político en su desempeño de gobierno, la cooptación parecía inevitable (con corrupción incluida) y perdieron la posibilidad de seguir administrando el poder que la gente les había confiado. Al mismo tiempo, ese vacío que dejaba el PT y otras fuerzas de izquierda, fue ocupado por movimientos evangélicos que no dudaron en darle pleno respaldo a Bolsonaro.

En lo que se refiere a su política externa, Bolsonaro no duda en poner en marcha una política de realineamiento a las potencias de occidente que tienen gobiernos populistas de derecha tipo Trump y otros similares en Europa. Dicho alineamiento iría de la mano con una clara oposición a su participación en el BRICS, aunque de manera particular estaría sumándose a la “guerra económica” que EEUU le declaró a China.  De manera complementaria, el realineamiento supone el desmontaje de mecanismos de integración que, desde la perspectiva de Mike Pompeo, pondrían en riesgo la seguridad de los EEUU.

En ese orden de idea, Ernesto Araujo, Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Bolsonaro, considera que la globalización, el calentamiento global, entre otros, no pasan de ser una invención del “marxismo cultural”.  Estamos avisados.

LA “GUERRA HÍBRIDA”

Esta guerra, no es sino la combinación de viejas tácticas de inteligencia y de alta tecnología (medios y redes) con recursos semióticos (lenguaje de los signos) destinados a impactar en la ciudadanía y movilizarla en contra de los gobiernos progresistas y de izquierda.  Es la estrategia que usó la derecha para liquidar políticamente a los líderes del PT y, de paso, reinventarse en el escenario brasileño. 

Veamos un caso.  En junio de 2013, se desarrollaron movimientos estudiantiles en contra del alza de pasajes y por la mejora de la calidad de los servicios públicos.  Estas luchas estaban dirigidas por el Movimiento Pase Libre (MPL).  Al poco tiempo, el sentido de la lucha cambia como resultado de un trabajo de inteligencia comunicacional en redes que, bajo la dirección de Movimiento Brasil Libre (MBL), invento de la derecha, termina planteando la defensa del mercado libre y la privatización de los servicios públicos.  No solo eso, sino que lograron estigmatizar la política y los partidos que, en conjunto, se sumaban a la estrategia de destitución de Dilma

El éxito de la estrategia de la “guerra híbrida”, convirtió al MBL en una potente agrupación política de corte claramente derechista que, financiada por el Atlas Network de EEUU[3], jugó un papel importante en el proceso de vacancia de Dilma, así como en el triunfo electoral de Bolsonaro.

La sistemática estigmatización de la política, el envenenamiento del sentimiento y la identidad nacional, la liquidación de cualquier tipo de debate político o programático, para no hablar de ideología, fueron los temas que se repetían todos los días, difundidos por medios masivos, con extensiones en las redes digitales convertidos en vehículos de bombas semióticas viralizadas sin ningún límite. 

La derecha descubre el poder de la cultura viral (memes, noticias falsas, rumores, mentiras con potencia viral) que va creando climas, atmósferas, percepciones, etc., sin necesidad de masas en la esfera pública, sino de individuos aislados y atrapados en sus dispositivos móviles, una redefinición del feudo en nuestros tiempos. Este fue el escenario perfecto para que Bolsonaro, convertido en un “mito”, logre el triunfo electoral.

EL GRAN NEGOCIO de los recursos naturales

La Amazonía, de manera expresa, se ha puesto en la línea de mira de grandes intereses transnacionales. Eso no es nuevo ni es casual.  La disputa global por los Recursos Naturales se traslada, con Bolsonaro de operador, a la Amazonía y al zócalo marino brasileño. Hay que anotar que, cuando se habla de Amazonía, debemos entenderla como patrimonio de Sudamérica, no solo de Brasil.  Y cuando se habla del zócalo marino estamos refiriéndonos a cuantiosas reservas de petróleo que ubicarían a Brasil en el tercer lugar, después de Venezuela y Arabia Saudita, de posesionarios de las reservas mundiales de petróleo.

¿AMLO como contrapeso?

¿Es una piedra en el zapato el apabullante triunfo de Andrés Manuel López Obrador en México para la restauración conservadora?  La izquierda latinoamericana, como siempre, comparte su mirada desde varios ángulos que oscilan entre los escépticos que dicen “tendremos otro fracaso más” y los que, pese a la frustración y desencanto que producen los procesos progres de estos últimos 20 años, lo mira con optimismo, pero más con esperanza de que no solo sea el contrapeso de Bolsonaro sino el motor de un renacer de la izquierda latinoamericana que, aprendiendo de sus fracasos, vuelva al poder y lo ejerza con lecciones aprendidas.

Sin duda, AMLO constituye un desafío para el poder de los EEUU y una mirada esperanzadora de pueblos que, como en Argentina y el Perú, terminen por comprender que el modelo neoliberal, será siempre empobrecedor y generador de corrupción. En esa perspectiva, AMLO es un contrapeso a Bolsonaro que creía estar “solo en la cancha”.

EL BRASIL DE HOY
Según Leonardo Boff, la llegada de Bolsonaro al poder, ha traído consigo oleadas de odio y ofensas, de noticias falsas (fake news) y desconsuelo que configuran una situación que podría definirse como que el alma brasilera está enferma. Se acabó la decencia, el sentido de la dignidad y el respeto por la autoridad.

Lima, 18 de abril de 2019


[1] El 5º país más grande del planeta con más de 8.5 millones de km2, después de Rusia, Canadá, EEUU, China

[2] Según la RAE, la pos verdad es “la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales”.

[3] Entidad que recauda fondos privados para reclutar, formar y subvencionar a jóvenes en defensa del libre mercado y para combatir regímenes considerados como autoritarios, en línea con los golpes blandos.

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Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Magíster en Planificación del Desarrollo Nacional y Regional, Economista de profesión. Consultor internacional. Experto en procesos de negociación de acuerdos de política bilateral y multilateral para el desarrollo e integración, sistematizados en cuatro libros de su autoría.

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