ESTADO – NACIÓN

ESTADO - NACIÓN

Su vigencia puesta en tela de juicio en tiempos de neoliberalismo y corrupción

En tiempos en que la corrupción ha permeado las instituciones fundamentales del Estado, convirtiéndose en el eje articulador de las políticas públicas, conviene refrescar la comprensión del Estado-Nación cuando el neoliberalismo, con globalización al galope, parece arrasar los pilares conceptuales y operativos sobre los cuales reposaba. ¿Cuál es el destino del Estado-Nación en el mediano y largo plazo?  Este artículo explora una respuesta a esta acuciante interrogante.

ORIGENES

Estado, Estado-Nación y Soberanía, parecen términos, conceptos y categorías distintos, pero, en realidad, están lineal y jurídicamente vinculados pues hacen referencia a contenidos de una misma estructura, de una misma razón de ser.

Dicha estructura, según especialistas en el tema, estaría en camino a su extinción como consecuencia de procesos económicos, políticos, jurídicos, sociales y culturales desencadenados por la globalización[1]. De allí que se plantea la hipótesis de que los Estados-Nación y el ejercicio de su soberanía, vienen siendo parte de la construcción de un nuevo orden mundial, donde algunas instancias nacionales y organismos supranacionales, articulados por una lógica de dominio mundial, constituyen el soporte material e institucional de un nuevo tipo de soberanía de quienes controlan el poder económico y militar en el planeta.

En esa marco, definamos el Estado como la condensación[2] de todas las relaciones de poder, especialmente en el campo político, que están presentes en una sociedad. Esas relaciones de poder permiten que determinados grupos humanos[3] terminen imponiendo sus intereses particulares, por medios coercitivos[4] o consensuales[5], sobre otros. Este Estado, en general, desempeña un rol fundamental en la producción y reproducción de las condiciones materiales, sociales, políticas e ideológicas que le dan sustento al sistema económico vigente[6].

Y asumamos que Nación es un concepto que emerge y se desarrolla en Europa medieval sobre los dominios del Estado Patrimonial y absolutista. Comprendía el territorio y población donde la monarquía ejercía poder con subordinación a la religión, dado el origen divino del Rey. Cuando esta situación evoluciona hacia un orden basado en relaciones sociales y políticas protagonizados por ciudadanos que dejaban su condición previa de súbditos, el concepto de Nación toma formas mucho más firmes.

En esa lógica, el Estado-Nación, asociado al surgimiento del capitalismo, reclama para sí fronteras y límites territoriales que le permitan ejercer poder político y autoridad sobre su población, el control monopólico de los medios de violencia personificados en ejércitos permanentes y policía.

En esa lógica, el Estado-Nación, asociado al surgimiento del capitalismo, reclama para sí fronteras y límites territoriales que le permitan ejercer poder político y autoridad sobre su población, el control monopólico de los medios de violencia personificados en ejércitos permanentes y policía.

A partir de entonces, la razón central del Estado-Nación sería cumplir con las tareas del poder político en territorios definidos, independientemente del grado de soberanía que tengan frente al interno y externo de sus confines, aunque para ello no se haya logrado una identidad lingüística, étnica o cultural, pues será suficiente invocar el sentimiento nacional y la necesidad de cohesión interna.

Bajo esos conceptos, la Soberanía es la capacidad que tiene un Estado para decidir, con autonomía y sin condicionamientos externos, políticas hacia el interior y exterior de su territorio. En este caso, la soberanía es plena. Si solo se ejerce a nivel interno y en forma parcial a nivel externo, la soberanía es mediatizada.

Desde que el Tratado de Westfalia crea la figura del Estado-Nación al final de la guerra de los 30 años (1648), se abre paso a organizaciones territoriales y poblaciones definidas en torno a un gobierno que reconoce sus límites territoriales y de poder. A partir de entonces, el Estado-Nación se convierte en el actor fundamental de las relaciones internacionales y principal gestor de la soberanía y la democracia en los países antes y durante la globalización.

Sin embargo, recién entre 1776 y 1838[7] el Estado-Nación es capaz de obligar a su población a adoptar un idioma oficial y único, así como una conciencia nacional diseñada por un sistema administrativo centralista. EEUU, con su constitución fundacional, fue el primer Estado-Nación del planeta. En Europa lo implanta la Revolución Francesa de 1789. En esa lógica mundial de reconocimiento del Estado-Nación, la frontera, en su concepción lineal, se convierte en un factor de la más alta importancia a la hora de legitimar su soberanía y singularidad.

Para Oswaldo de Rivero el Estado-Nación es la “forma más avanzada de organización política y territorial que los seres humanos han establecido luego de prolongados períodos de violencia y evolución política, cuyas fronteras nacionales no se perciben desde el espacio pero son omnipresentes en el planeta[8].

El Estado-Nación se erige, cual poderoso Leviatán[9], en cada uno de los espacios terrestres y marítimos del planeta, con fronteras que delimitan el alcance de la soberanía que ejercen sobre sus territorios de cara a los países vecinos y demás espacios del mundo entero, dejando claramente establecido que “los Estados constituyen su espina dorsal[10].

ESTADO-NACION Y NEOLIBERALISMO     

Ese espacio planetario parcelado, con sus respectivos Estados, está siendo convertido en una sociedad transnacional, globalizada, por el proceso de globalización. En esa lógica, se producen cambios estructurales en las relaciones internacionales de aquellas parcelas, trayendo como consecuencia procesos económicos, financieros, políticos y jurídicos que no tiene precedentes.

La soberanía de los Estados-Nación, por ejemplo, ha ido decayendo progresivamente. Los factores primarios de producción e intercambio cruzan cada vez con mayor facilidad las fronteras nacionales, en las cuales, el Estado-nación tiene cada vez menos poder para regular los crecientes flujos de bienes, servicios y personas, por lo que su capacidad de  imponer autoridad en su economía disminuye en esa misma proporción. El viejo rol de dominio y soberanía sobre territorios propios y ajenos, dejó de ser patrimonio discrecional de todos los Estados por igual. El papel que le corresponde desempeñar es adaptar cada sociedad al nuevo orden mundial, administrado por los más poderosos centros financieros y económicos del planeta. “Sus actividades, incluyendo su propia reforma estructural, se orientan hacia la inserción en los nuevos esquemas de poder mundial liberados, parcialmente, de controles y trabas proteccionistas[11]

Con el neoliberalismo, el Estado-Nación se convierte en una estructura funcional a la modernidad basada en la hegemonía del mercado como la etapa superior del capitalismo, objetivo al cual debieran aspirar todos los pueblos del mundo.

Esta hegemonía ha estado acompañada, en una escala ascendente, por procesos de corrupción que varios Estados-nación se convirtieron en parte de los procedimientos y espacios de toma de decisiones para el diseño de políticas públicas.

En este sistema económico, los actores fundamentales son individuos identificados y caracterizados por conceptos básicos de la microeconomía, donde la ley del libre juego de la oferta y la demanda establece las reglas que, aplicadas óptimamente, podría llevar a un sector o grupo social a niveles expectantes en la sociedad y, con ella, acceder y concentrar poder para terminar poniendo a su disposición la “mano invisible” que opera la mencionada ley. Los grupos sociales que no han alcanzado los niveles referidos, generalmente la mayoría, les corresponde ser consumidores y tendrán que esperar los beneficios de la “teoría del derrame” mientras se resuelven los problemas derivados de la brutal concentración de la riqueza que, para los defensores del neoliberalismo, constituye un “pequeño detalle transitorio y necesario”[12].

Lo descrito pone en evidencia que la desigualdad es consustancial a la economía de mercado y la libertad de empresa, en cuya dinámica se impone la ley del más fuerte que, entre otros, establece la forma cómo se distribuirá la riqueza generada en la sociedad. El Estado-Nación, en esas condiciones, es incapaz de regular y redistribuir y, por tanto, de poner el orden que reclaman las propias clases dominantes.

El surgimiento de las ideas y regímenes socialistas que germinaron y se desarrollaron desde la segunda mitad del siglo XIX hasta fines del siglo XX, hizo que el liberalismo deje sin efecto, en forma transitoria, sus objetivos de reducir al mínimo el Estado-Nación, imponiendo en su lugar un estado regulador de corte keynesiano. Al caer los regímenes socialistas, el liberalismo con el nombre de neoliberalismo, retoma con fuerza su prédica en contra del Estado-Nación y proclama el mercado como el pilar fundamental de la modernidad capitalista.

Cobra renovada vigencia la fórmula: individualismo + libertad económica + desigualdad + competencia = mercado, donde el Estado-Nación deja de tener un rol preponderante como cuerpo jurídico-político-económico-cultural, abriéndose el camino para su gradual reducción y eventual desaparición, no tanto en los países centrales sino sobre todo en los países de la periferia.

El proceso de reducir al mínimo el Estado-nación incluye un deliberado propósito de desprestigiar la política hasta convertirla en mercancía (con valor de uso y de cambio) puesto a disposición del libre juego de la oferta y la demanda. Si antes de compraban votos, hoy se compran resultados, tal como recomienda los análisis de costo/beneficio de la reproducción del sistema capitalista.

DOS VISIONES DEL ESTADO NACION

A comienzos del XXI, destacan dos visiones contradictorias respecto al destino del Estado-Nación en pleno proceso de globalización.

La primera sostiene que las características del escenario descrito evidencian que estamos frente al debilitamiento, cuando no, la muerte anunciada del Estado-Nación[13]. Esta situación estaría demostrada en la creciente pérdida de soberanía y atomización del poder político ocasionado por la emergencia de nuevos centros de poder y/o nuevos actores (capital financiero, multinacionales, ONGs, sociedad civil, etc.) que terminan por desplazar a lugares subsidiarios al Estado-Nación.

En esta línea de pensamiento se inscribe Vidal Villa, citado por Osorio, que dice “el principal obstáculo que se opone a la mundialización económica en nuestros días es la pervivencia de los Estados-nación que (…) dificultan la homogeneización mundial”. Es decir, ese aparato que antes sirvió al proceso de reproducción del capital, hoy se convierte en su enemigo y, en esa lógica, debiera desaparecer el Estado-nación.

La otra visión sostiene que el Estado-Nación permanecerá, pero con nuevos roles y funciones diferenciadas por su ubicación, sea como parte del “centro” o la “periferia”. En esta perspectiva encontramos a Osorio afirmando que el Estado-Nación se convertirá en un actor fundamental de los cambios que se vienen dando en el campo económico y político, aunque el carácter y alcance de dicho rol será desigual dependiendo del ejercicio de sus soberanías condicionada a su pertenencia al “centro” o la “periférica”. En ese sentido, el Estado-Nación es consustancial al sistema capitalista que, en su etapa actual, genera condiciones de una concentración del poder económico y político sin precedentes que, comprensiblemente, se convierte en la médula de las razones por las cuales los más diversos grupos y sectores sociales luchan por conquistar dicho poder a cualquier precio, aunque para ello se genere desorden y caos.

En esa línea de pensamiento, el Estado-Nación es la única institución que podría asumir funciones en relación a la preservación del orden que requiere la reproducción del capital y la propia sociedad, de establecer condiciones laborales para la fuerza de trabajo y de ofrecer condiciones favorables o desfavorables a la inversión privada nacional e internacional, etc.

Así mismo, el Estado-Nación es la única entidad capaz de garantizar la seguridad nacional haciendo uso, si fuera necesario, de la fuerza coercitiva que le otorga el monopolio de la violencia legítima.

De allí que suscribo la tesis de quienes no creen que la desaparición del Estado-Nación y la Soberanía que ejerce sea un proceso en curso. Pese a todo, el Estado-Nación sigue siendo la estructura político-social-militar que, de muchas maneras, garantiza la seguridad de los individuos y colectividades que ocupen su territorio. Dicha seguridad comprende el frente interno y el externo.

No existe aún una institución o una estructura político-social como el Estado-Nación capaz de generar condiciones de solidaridad social aún en el marco de sus disminuidas capacidades redistribuidoras de la riqueza.

Aun cuando les resulta difícil reconocerlo, el Estado-Nación en los países del centro les resulta indispensable para infinidad de funciones, como esa última referida al freno de flujos migratorios no deseados o el salvataje de grandes empresas en tiempos de crisis financiera. El Estado-Nación sigue siendo un punto de referencia en el “centro” o la “periferia”.Lima, 27 de mayo de 2019


[1]      Asumiendo que ésta viene desde tiempos antiguos que, para algunos, será mundialización en tanto hace referencia a los inicios de la movilidad de los factores de la producción.

[2]      En el sentido de concentrar lo disperso y sintetizar lo diverso en las relaciones de poder.

[3]      Clases y grupos sociales, fracciones y sectores de clase, o, como quieran llamar a los distintos grupos humanos que operan en una sociedad con intereses divergentes o coincidentes.

[4]      En el marco de la legitimidad que le da el monopolio de la violencia en poder del Estado que, en última instancia, podría hacer uso de las fuerzas armadas y policiales.

[5]      Derivados de la ficción de igualdad que otorga la mayor conquista de la democracia representativa: un voto=un hombre; o, derivado de la ilusión de creer que el Estado representa el interés general.

[6]      Un amplio desarrollo de estos temas puede revisarse en Osorio, Jaime. El Estado en el centro de la mundialización. La sociedad civil y el asunto del poder. México, FCE. 2004.

[7]      Según Benedict Anderson, citado por Encarna Gutiérrez, en su artículo “Deconstruir la frontera o dibujar nuevos paisajes: sobre la materialidad de la frontera”. Universidad de Hamburgo, pp. 85-95. 2001.

[8]      De Rivero, Oswaldo. El Mito del Desarrollo Los países inviables del siglo XXI.Lima, Ed. Fondo de Cultura Económica, 2001.

[9]      Monstruo con poderes descomunales que, según Thomas Hobbes, 1651, retrataría al Estado.

[10]     Manuel Sobrino, en La Cooperación Interregional y la Cooperación Transfronteriza como factores de desarrollo en los procesos de integración: Concepto, elementos e instrumentos.

[11]     ABÍNZANO, Roberto; en Globalización, Regiones y Fronteras. UNESCO. Documento de Debate N° 27. 2004. pág. 2. Localizable en: www.unesco.org/most

[12]     Fraseado por Guido Galafassi, en la Revista de Debate y Crítica Marxista, N° 26. Se puede ver en http://www.herramienta.com.ar/modules.php?op=modload&name=News&file=article&sid=267. (visitado el 05-08-08)

[13]     Osorio, Jaime. El Estado en el centro de la mundialización. La sociedad civil y el asunto del poder. México, FCE. 2004. 263 p.

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Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Magíster en Planificación del Desarrollo Nacional y Regional, Economista de profesión. Consultor internacional. Experto en procesos de negociación de acuerdos de política bilateral y multilateral para el desarrollo e integración, sistematizados en cuatro libros de su autoría.

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