Mexico Lindo

Mexico Lindo

Dentro de muy poco tiempo más, el proceso mexicano demandará una posición de la izquierda latinoamericana y, en particular, peruana. En el partido, debemos estar preparados.  No para decir generalidades ni ambigüedades sin trascendencia, sino para decir, comprendiendo la naturaleza de los procesos, con claridad y firmeza si nos compramos el pleito de combatir el neoliberalismo junto a millones de mexicanos y junto a otros procesos que seguramente irán apareciendo en resistencia al avance de la restauración conservadora. Pongo a vuestra consideración mis puntos de vista de militante, lejos de la zona de confort de quienes decidieron estar en la tribuna.

Desde que ganó Andrés Manuel López Obrador (AMLO), México comienza a ser el centro de las miradas de tirios y troyanos, todos ellos cómodamente agazapados y esperando el momento de “decir su palabra” cuando, como en todo proceso, aparezca el primer error para criticar y demoler a quien logró articular el mayor movimiento popular en un país que estuvo bajo la férula de la derecha por más de 70 años.

En esa línea de razonamiento, para la restauración conservadora en Latinoamérica, el triunfo AMLO no pudo haberse dado en peor momento, pues, en tiempos en que los gobiernos progresistas y de izquierda pasan por evidentes situaciones de crisis, un triunfo como el de México tiene el poder de poner en jaque el avasallamiento de la ola conservadora y, a la vez, de recuperar la esperanza de que un cambio en Latinoamérica aún es posible.  México tiene importancia hemisférica y no es un peón cualquiera en el tablero geopolítico del Departamento de Estado.

Por tanto, no será una sorpresa que, más temprano que tarde, tendremos la batería pesada de la prensa derechista dedicada a destruir honras, convicciones y organización de AMLO y quienes lo acompañan, exactamente como lo hicieron con líderes de izquierda y progresista en Latinoamérica. Por ahora, toda esa derecha atontada por el golpe recibido, está agazapada, esperando su turno.

La izquierda latinoamericana, para variar, divagará entre los puristas que creen que los procesos de cambio se desarrollan sin errores y sin máculas, sin ajustes tácticos y estratégicos. Si estos ocurren, los puristas no demorarán en “descubrir las desviaciones” del proceso hasta convertirlos en regímenes “neo extractivistas”, “redistribucionistas” entre otros.   En el otro extremo de ese abanico de izquierdas, estarán los que decidieron ser parte de los procesos, los que se “compraron el pleito” por la posibilidad de compartir la aventura de lograr los cambios ofrecidos. Entre estos últimos, hay una diversidad de izquierdistas y progresistas que navegan entre la crítica sin compromiso (académica, intelectual sin compromisos, etc.) y la crítica “desde adentro”, buscando la mejora permanente del proceso, casi como un intelectual orgánico.

Me inscribo en este último conjunto de izquierdistas que miramos el proceso con nuestra propia capacidad cognitiva, que no nos sometemos a los medios ni a quienes, desde ciertos pedestales, se ponen por encima del mal y del bien.  Como gente comprometida, no podría darme el lujo de ser neutral ante procesos económicos y políticos que, con errores y aciertos, ponen en cuestión el neoliberalismo. Optar es una obligación de quienes sentimos el compromiso de ser parte de los cambios, asumiendo sus consecuencias, lejos del confort de la tribuna. Seré un militante más de este vasto movimiento nacional y latinoamericano que lucha contra un sistema cruel que ahonda brechas e injusticias.

No esperen en lo que viene, algo escéptico, sino una clara opción de defensa de un proceso que se inicia con un respaldo ciudadano sin precedentes.  Si eso no es importante, ¿qué es?  No seré el que, en primera, califique despectivamente como “caudillo” a quien supo construir y liderar movimientos de masas, tampoco seré el que se encargue de recordarle sus “promesas de campaña incumplidas”, sin ofrecer alternativas como parte de mi capacidad de crítica que, bajo cualquier circunstancia, quedará intacta.

No tengo la menor intención de jugar al crítico puro, de ese que reclama para sí la perfección, la pureza. Nada de eso, he optado por defender un proceso que, en mi opinión, recoge elementos sustantivos de programa zurdo, desenmascarando a quienes bajo el pretexto de la “libertad de pensamiento y expresión” se permiten un libertinaje funcional a los intereses, precisamente, del neoliberalismo que critican de palabra.

CONTEXTO

Mientras en Sudamérica alcanzaba su punto más alto la restauración conservadora con la llegada de Bolsonaro en Brasil, México giraba hacia la izquierda, hacia el progresismo, propinándole un duro golpe al neoliberalismo en ese país y, por extensión, en el subcontinente.  México es el segundo país, después de Brasil, en importancia económica, política y geopolítica de Latinoamérica. Sus casi 135 millones de habitantes equivalen a la suma de las poblaciones de Argentina, Perú, Colombia y Chile, cuyos gobiernos son activos y alegres operadores del mandato de Washington y, gracias a ellos, sus territorios convertidos en escenarios de la restauración conservadora en Latinoamérica.

Si hacemos una elemental correlación de fuerzas, no quedará dudas de que el péndulo de la historia ha girado a la derecha, aún sin llegar al punto de retorno, hecho que se producirá en algún momento. Por el momento la correlación favorece a las fuerzas conservadoras que, revestidos de neoliberalismo, buscarán prolongar de manera indefinida el curso derechista del péndulo.  Pero la presencia de México con un gobierno de izquierda, con una legitimidad sin precedentes en un país tradicionalmente conservador, genera expectativas y condiciones para poner por delante una agenda que responda a sus prioridades: lucha contra la corrupción y “primero los pobres”, consignas con las cuales coinciden amplios sectores de la población y sociedad civil organizad de Latinoamérica.

El poder mediático y el poder económico estarán allí, al acecho y esperando el momento en que ese poder y popularidad de AMLO se resquebraje para encimarlo y pedirle los consabidos privilegios a cambio de una “buen servicio”.  Esperemos que no llegue ese momento.

Por ello es importante tener en cuenta el contexto en el que se da la Cuarta Transformación de México.  Recordemos que la primera fue la independencia, la segunda, la reforma de Juárez y la tercera, la Revolución Mexicana.

AMLO, EL LIDER.

Andrés Manuel López Obrador, de 62 años, es un político cuyos cimientos políticos se construyeron en las canteras del PRI[1], luego líder de MORENA[2], es el artífice del primer triunfo de las fuerzas progresistas y de izquierda que, con la más alta votación (53%) de la historia mexicana, da cuenta de que el bipartidismo de derecha que se turnaba en el poder, principalmente el PRI, no era invencible, sino todo lo contrario, se había convertido en un tigre de papel si se considera el respaldo masivo que recibió AMLO.

Con expectativa y optimismo, la población se pregunta si ese voto de confianza plena que recibió AMLO, será suficiente para que inicie el desmontaje del neoliberalismo en México y, luego, por extensión en LA.  Luego de sus 100 días, cuenta con más del 80% de aprobación de los mexicanos consultados en una reciente encuesta, a diferencia de Enrique Peña Nieto que solo alcanzó 54% en ese mismo período. Con esa legitimidad y respaldo, el presidente izquierdista podría tomar las medidas que se esperan de él.  La gente le ha dado un mandato que no aguantará aguas tibias ni aproximaciones con esa derecha que se puso de rodillas ante EEUU.  El mensaje del voto fue muy claro.

“Primero los pobres” prometió en plena campaña y, a menos de 4 meses de haber asumido el cargo, aumentó salarios y pensiones, créditos para los campesinos, defensa del medio ambiente y los recursos naturales. Cuando asumió la presidencia dijo que su principal lucha será la que libre contra la corrupción, flagelo que convirtió a los gobiernos en administradores de la podredumbre de las políticas públicas. Un poco de populismo, por ahora, no le hace mal a nadie. Vendió el avión, recortó su sueldo y todos los funcionarios públicos tendrían una escala de remuneraciones acorde con la situación del país.

Frente al empresariado, AMLO ha decidido conversar, sin pactar. Aquellos tendrán que alinearse a los objetivos de su gobierno: no más corrupción y primero los pobres.  Sobre esa base, cualquier arreglo podrá caminar.  Se respetará la propiedad privada, aunque el Estado tendrá un rol regulador muy firme. En esa perspectiva, tiene entre manos dos megaproyectos: el tren maya y otro que cruce el istmo de Tehuantepec.  Estos proyectos tienen sus pros y sus contras.  Entre los primeros atiende las expectativas de inversión de los empresarios, generación de empleo y reduce brecha de infraestructura.  Pero los segundos son bravazos: los proyectos pasan por áreas ecológicamente sensibles.  ¿Cómo lograr el equilibrio? Eso es tarea pendiente.

AMLO Y POLITICA ECONOMICA

Nadie en su sano juicio podría esperar que el advenimiento abrumador de AMLO traerá consigo la inmediata desaparición del neoliberalismo. Nada más lejos de un realismo político indispensable en la hora actual.  Para empezar, el modelo económico imperante en México es el que da protección ilimitada a la propiedad privada, recusa el rol de estado como empresario, genera condiciones para la concentración de la riqueza y, a la vez, la desigualdad que insulta la condición humana.  Todo esto no se puede cambiar, de la noche a la mañana, mediante decretos supremos y otras normas.

Un cambio que siente las bases de un nuevo modelo económicos, con sistemas de redistribución más justos y equitativos, supone políticas públicas de mediano y largo plazo que, conviviendo de manera contradictoria y dialéctica, generen condiciones sociales y políticas que le den sustento y continuidad al cambio, evitando la espectacularidad como herramienta de política.  Salvo los triunfos fugaces y sin trascendencia, tienen ese tono de espectacularidad que reclaman los que terminan embriagados por el poder.

POLITICA EXTERIOR

Pese a lo ofensivo y racista que significa el muro que construye Trump entre México y EEUU, para frenar, dicen, las migraciones centroamericanas, AMLO no ha dado señales de ponerlo en su agenda inmediata.  Hay que estar locos para pelearse, de entrada, con Washington cuando el 85% del comercio internacional de México está comprometido con EEUU. Su superávit, en este comercio bilateral, es tan grande que solo China lo supera.

Lo más conocido en materia de política exterior mexicana fue su postura frente al caso venezolano, recordándonos la posición de Porras Barrenechea cuando en la OEA trataban el tema Cuba.  Mientras el grupo de Lima, al que pertenece México, coreada la consigna USA de bajarse a Maduro a como dé lugar, AMLO les enmendó la plana diciendo que en México se respeta el Derecho Internacional y, por tanto, la libre determinación de los pueblos.  Tal vez ahí está la razón por la que no se materializó la tan ansiada intervención militar que pedía Juan Guaidó, el autoproclamado, bajo las órdenes de Trump.

En esa lógica, es altamente probable que sus relaciones con Cuba y los demás países latinoamericanos que aún tienen gobiernos progresistas y/o de izquierda, se mantendrán en los niveles que aconseje su posición en el concierto internacional y, sobre todo, en la disputa imperialista que, a todas luces, está en curso.

 

AMLO Y LA DEMOCRACIA

Uno de los pasivos de la izquierda y el progresismo en Latinoamérica tiene que ver con su comprensión y ejecutoria en el campo de la democracia, de esa democracia representativa en crisis, que nos ufanamos en aplaudir y practicar cada cinco años en el Perú.

Todos los gobiernos de izquierda buscaron, a las buenas y las malas, reelegirse de manera inmediata y por períodos indefinidos.  Ese solo hecho, que no es poca cosa, los ha convertido en “dictadores” de un orden establecido a su medida.

Y si no, veamos lo que ha ocurrido en casos emblemáticos. Todo empezó con Hugo Chávez en Venezuela, luego vendrían Daniel Ortega, Evo Morales y Rafael Correa que, cada quien en su momento “adecuado”, decidieron cambiar las reglas de juego de los procesos electorales y, sobre todo, la alternancia en el gobierno.  A este efecto, menudean los casos en los cuales no dudaron en cambiar textos constitucionales que bloqueaban la reelección inmediata, imprescindible según ellos, para la construcción del “Socialismo del Siglo XXI”.

No queremos insinuar que la lógica de AMLO seguirá el mismo curso de los presidentes mencionados, pero no nos cabe duda de que los cambios estructurales en México no serán posibles solo en 6 años de gobierno, pero siendo cierto eso, no supone necesariamente reelección de AMLO cuando puede continuar el proceso otro líder, otro equipo si los cambios y reformas se hace con el pueblo, con la gente organizada.

Aunque AMLO ya lo haya negado de manera enfática y con carta en mano, nada está dicho en esa materia mientras no ocurran los hechos. La necesidad de un período más de gobierno, tal vez de dos más, para cambios estructurales en ese país es incuestionable, pues desmontar lo que en 70 años se dedicaron a consolidar los sectores de derecha, demandará tiempos que un período de gobierno no satisface.  AMLO sabe que un hipotético interés por reelegirse pasa por un cambio en la Constitución, tarea que solo es posible cuando la popularidad del Presidente está en su punto más alto, por lo que cualquier intento en ese sentido tendrá que darse en los siguientes meses, trimestres. Esperemos.

AMLO Y EL MURO

Todo indica que una confrontación abierta con Trump, de manera específica por el MURO, no está en la agenda inmediata, ni de corto plazo, de AMLO.  La Relación con EEUU trasciende, literalmente, el muro de marras, pues el comercio internacional entre ambos países seguirá siendo muy importante para ambos países. Ninguno de los dos estaría dispuesto a patear el tablero sin asumir los costos que ello supondría en el terreno económico financiero de sus respectivos países.

Sin embargo, Trump no piensa lo mismo si se tiene en cuenta sus permanentes axhabruptos, pues acaba de amenazar con cerrar la frontera con México si éste país no frena “de inmediato” el flujo de migrantes hacia EEUU.   Esto parece una bravata más del presidente americano, pero cobra virulencia cuando fija la próxima semana como plazo para dicho cierre.

Los analistas creen que Trump está buscando generar condiciones de bronca con México para arreglar asuntos internos, pero no se ve muy fácil este propósito pues AMLO ha decidido mantener prudencia aconsejada por una vieja política exterior donde la soberanía es primero y que, a la vez, respeta la autodeterminación.  Internamente, a su vez, Trump enfrenta una actitud crítica de los demócratas a sus políticas migratorias, si así puede llamarse a las intemperancias del presidente USA que lindan con la xenofobia.

Lima, 03 de abril de 2019
http://www.otramirada.pe/m%C3%A9xico-y-su-nuevo-caudillo

https://es.wikipedia.org/wiki/Partido_Revolucionario_Institucional

https://www.alainet.org/es/articulo/199056

https://imco.org.mx/articulo_es/un_gobierno_de_izquierda/

https://www.nytimes.com/es/2018/06/27/opinion-illades-lopez-obrador-izquierda-elecciones-mexico/

[1] PRI, (Partido Revolucionario Institucional), ubicado en la centroderecha de la política mexicana. Gobernó el país durante 70 años consecutivos, desde 1930 hasta 2000.

[2] MORENA (Movimiento Regeneración Nacional), partido político mexicano de izquierda, creado el 2 de octubre de 2011 como un movimiento político y social impulsado por Andrés Manuel López Obrador, como parte de su campaña presidencial en las elecciones federales de 2012.

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Doctor en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Magíster en Planificación del Desarrollo Nacional y Regional, Economista de profesión. Consultor internacional. Experto en procesos de negociación de acuerdos de política bilateral y multilateral para el desarrollo e integración, sistematizados en cuatro libros de su autoría.

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